Excesivo. Voraz. Iconoclasta. Melancólico.
Excesivo. Voraz. Iconoclasta. Melancólico.
Marcos López
Marcos López persigue hace décadas a íconos populares –el Che, Borges, Gardel, San Martín, las Criollitas, la bandera, los pingüinos (para vino), la morcilla, las fotos de la primera comunión– atento a todas esas figuras, objetos o instancias reconocibles y repetidas que parecieran condensar un espíritu, una identidad. Decir así algo profundo, remitir a alguna verdad. Pero esos íconos, tan parecidos a lo que representan, en realidad no se parecen a lo que debieran condensar. La verdad no aparece, solo las superficies planas y brillosas de las imágenes. Quizás por eso las fotografías de Marcos López emanan una leve melancolía. Pueden ser excesivas visualmente, pero se percibe que en ese exceso hay algo que falta, hay algo que no está, que se perdió, y que las fotos de López persiguen. Por eso el método López es el de la acumulación.
De tanto perseguir lo icónico, sus fotos devinieron iconos –“esa foto es una Marcos López”–. En ese momento el fotógrafo replegó la mirada para modificar su quehacer fotográfico. Comenzó a intervenir fotos de otros: las reproducciones populares de los grandes maestros como Ansel Adams, y las originales de fotógrafos anónimos de estudios compradas como baratijas en mercados de pulgas. Se hizo pintor. Pinta lo que no se ve, lo que la cámara nunca podría captar, el lado oculto y siniestro de la superficie plana. Pinta los deseos, los miedos, las fantasías. Le devuelve a las imágenes lo que perdieron. Ahí resuelve López la melancolía que habitaba sus fotografías.
Natalia Brizuela, Mayo 2025
© Museo en los Cerros